domingo, 16 de octubre de 2011

Que no haya objetividad no justifica el relato..

Durante siglos los filósofos han discutido si las cosas existen "en sí" o "en mí", es decir, si existen independientemente de nosotros o sólo cuando y cómo las percibimos. En historia, esto contrapone las descripciones objetivas a "los relatos".

Al respecto entrevisté al ruso Alexander Gerschenkron (1904-1978), quien en El atraso económico en perspectiva histórica criticó la teoría del desarrollo económico basada en etapas, planteada por Walt Whitman Rostow, porque la experiencia europea durante el siglo XIX mostró que el desarrollo de cada país dependió de cuántos se habían desarrollado antes que él. Profesor en Harvard, les metía en la sangre a sus alumnos el denominado "problema de los números índices", sobre la base del cual ponía en duda el crecimiento económico de la Unión Soviética, calculado según las estadísticas oficiales. Mostró los groseros errores de traducción y mala interpretación contenidos en la versión rusa de Economía , el libro de texto escrito por Paul Anthony Samuelson. Cuando se encontró con el traductor, éste le dijo que no estaba enojado con él, y recibió la siguiente respuesta de Gerschenkron: "¿Enojado? Avergonzado debería estar". Su honestidad en el plano intelectual no le impedía hacer trampas cuando jugaba croquet.

-Usted afirma que la abstracción es inevitable.

-Efectivamente. Un mapa de ruta que incluyera toda la realidad sería inútil, no solamente por lo complicado, sino porque no cabría en la guantera del auto. Siempre hay que abstraer. Sirven los mapas que se concentran en lo esencial e ignoran el resto, pero, como los objetivos son múltiples, de una misma zona no hay un mapa sino muchos. A quien tiene que viajar de Buenos Aires a Villa La Angostura le interesan las distancias, las estaciones de servicio y los hoteles, pero no las bibliotecas o los estudios de arquitectura.

-Esto, en el plano de los hechos. Lo que será en el de las explicaciones.

-Lo cual no quiere decir que estemos totalmente desorientados, porque se puede apelar a la congruencia. Ejemplo: nadie sabe exactamente qué dijeron José de San Martín y Simón Bolívar cuando se entrevistaron en Guayaquil, pero a la luz de las decisiones posteriores es fácil conjeturar que no estuvieron hablando de Napoleón Bonaparte o de conquistar Asia.

-Entiendo, pero no parece fácil calificar a una explicación como más probable que otras.

-Particularmente porque, como dicen los econometristas, existen formidables problemas de identificación. Ni que hablar cuando se ensayan explicaciones conspirativas. San Martín pasó por Londres antes de regresar a nuestro país en 1812, y encima (gracias a las investigaciones de Rodolfo Terragno) sabemos que lo que hizo coincidió con los planes que había desarrollado el escocés Thomas Maitland. ¿Cómo desestimar la hipótesis de que el Padre de la Patria fue un agente inglés? Otra: la madre de Carlos Pellegrini era inglesa. ¿Cómo podría defender adecuadamente los intereses argentinos cuando negociaba la reestructuración de la deuda pública ante la pérfida Albión?

-Todo esto me preocupa mucho.

-Razones no le faltan. El relato, entendido como una versión libre del pasado, es muy atractivo tanto en el plano de los hechos (que se pueden elegir de manera sesgada, cuando no reinventarlos de manera burda) como en el de las explicaciones (donde se abusa del elemento conspirativo). La lucha, desigual, tiene que darse sobre la base de textos en los que los hechos se describen de la mejor manera posible y el debate se centra en la probable explicación causal, minimizando el componente ideológico y sin enredarse en pulseadas terminológicas. Cuando digo que la lucha es desigual, es porque tengo presente lo atractivo del relato.

-En síntesis.

-Porque abstraer es inexorable, la objetividad absoluta no existe. Pero esto no quiere decir que los grados de subjetividad sean iguales en todos los autores, o que los analistas pueden tener la misma libertad que tienen los poetas, quienes están autorizados a sacrificar contenido a favor de la forma.

-Don Alexander, muchas gracias. .

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